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Una historia de excrementos
¿Cuál es el mayor hito médico de los últimos doscientos años? Para la mayoría de expertos, no es la penicilina, ni la anestesia, ni la píldora anticonceptiva: es el saneamiento.
¿Cuál es uno de los factores clave que ha permitido el desarrollo urbano? Contar con un sistema de saneamiento que permite a la gente vivir compartiendo un espacio reducido sin tener que compartir también sus excrementos y los problemas que se derivan de ellos.
No se trata, ciertamente, del tema “estrella” en las campañas electorales; ni siquiera suele ser uno de los aspectos fundamentales en los planes estratégicos, a pesar de que nuestra salud depende, en gran medida, de ellos: los sistemas de saneamiento.

Este es, en cambio, el tema al que la periodista británica Rose George ha dedicado su libro La mayor necesidad. Un paseo por las cloacas del mundo, en el que nos abre los ojos sobre una realidad que muchas veces transcurre inadvertida para nosotros, pero que es un quebradero de cabeza (y de salud) cotidiano para miles de millones de personas. Ghandi, por ejemplo, consideraba el saneamiento era más importante que la independencia.
Continuación:
Efectivamente, en el libro la autora revela como 2.600 millones de personas no disponen de ningún tipo de sistema de saneamiento (ni siquiera el más rudimentario, como un pozo negro) y deben realizar sus necesidades en el campo, en las vías del tren o en cualquier rincón urbano, incluyendo los que utilizan bolsas de plástico que son lanzadas a los tejados o a callejones. Ello supone que cuatro de cada diez personas en el mundo viven rodeadas de excrementos humanos.
El problema sanitario que plantea la acumulación de excrementos en las cercanías de las ciudades, contaminando el suelo, el aire y las aguas, que en muchas ocasiones son las que posteriormente se utilizan para el consumo humano, es una de las principales causas de muerte entre los humanos, y muy especialmente entre los niños. George afirma que el 80% de las enfermedades en el mundo tienen su origen de una u otra forma en los excrementos, y que estos provocan más muertes que el SIDA o la malaria.
Debemos ser conscientes, por tanto, del privilegio que resulta ser disponer de un lugar mínimamente acondicionado para llevar a cabo nuestras necesidades, protegiendo así nuestra salud. Aunque ello no nos protege por completo: la utilización de papel para limpiarse, por ejemplo, es señalada como altamente anti-higiénica y resulta chocante en muchas culturas. En el rico y pudoroso Japón, por ejemplo, gran parte de la población urbana cuenta con inodoros robotizados (algunos disponen de calefacción) que sirven también para lavarse e incluso para medir la presión sanguínea. Por contra, en nuestro mundo globalizado y desigual no falta una World Toilet Organisation, ONG dedicada a la mejora de las condiciones de saneamiento.

Pero existe todavía otro motivo de preocupación: ¿a dónde van a parar nuestros excrementos? En la mayoría de ciudades, sean más o menos prósperas económicamente, el destino final son los ríos o los mares más cercanos. En los países en vías de desarrollo el porcentaje es del 90%. La rica Bruselas, sede de la mayoría de instituciones europeas, no dispuso de una depuradora de aguas negras hasta el año 2003. Así pues, “incluso los más ricos y mejor equipados humanos todavía no saben qué hacer con sus aguas residuales excepto mandarlas a algún otro lugar y confiar que nadie se dé cuenta cuando se vierte sin ningún tipo de tratamiento en fuentes de abastecimiento de agua potable”.
Un motivo importante de la difícil resolución del problema, más allá de las imprescindibles inversiones en sistemas de evacuación, alcantarillado y depuración, es la reticencia a hablar abiertamente de esta cuestión. Y es un problema que debemos superar. No en vano, como señala George, pasamos prácticamente tres años de nuestra vida utilizando el inodoro… quizás por eso en Inglaterra se deslizan anualmente unos 850.000 teléfonos móviles (celulares) tuberías abajo.
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